LOS ESTUDIOS Y EL MAL DE AMORES

Me acordaba de la canción de Pedro Suárez Vértiz cuando decía “la vida es como un caballo, un caballo salvaje que uno debe aprender a montar, llega un momento en que ya, ya no te bota más”. Comprendo y comparto la comparación del caballo, pero no estoy muy seguro de que algún día lo aprenda a montar y ya no me bote más.
Cuando cumplí 18 años se me pasó por la cabeza la ilusa idea de que ahora, siendo una persona mayor, dejaría de hacerme líos por cosas vanas y comenzaría a pensar más centrada y maduramente. Pese a mis intenciones, mi estabilidad emocional una vez más se vio turbada por problemas sentimentales.

Me acuerdo que desde la primera enamorada que tuve, o mejor dicho, desde la primera chica que me gustó, siempre fui complicado. Las cosas comenzaban bien pero siempre llegaba un punto en el cual las cosas parecían perder su dirección. De todos modos estoy seguro de que fui madurando a lo largo de mis cortos años con respecto a mis relaciones amorosas, y eso me hizo pensar que iba a conseguir cierta estabilidad ahora, con mis 18 años y los conocimientos adquiridos en el camino. Lastimosamente mi poca experiencia no abarca el cómo lidiar con una relación y la vida universitaria.

Pasa que he escuchado innumerables veces eso de “la universidad es dura, consume tiempo, etcétera”, pero nunca le presté atención a esto. El primer año me pareció cómodo y podía “tener vida”; el segundo año comenzó parecido y poco a poco fue afectando mi vida sentimental, comencé a estudiar inglés. Incluso un día mi vieja me dijo: “oye, pensé que te habías mudado, no te veo hace dos días”. Lastimosamente los comentarios iban adquiriendo más peso, tenía que leer, terminaba cansado, los cursos ya no eran generales y básicos, me sentía frustrado porque mis notas no eran aquellas que deberían ser. Lastimosamente esto también afectaba mi relación sentimental.

Llegaba el punto en que tenía que pensar qué iba a pasar en adelante y fue así como una vez más me encontré afectado anímicamente por asuntos sentimentales, y por si fuera poco, me dio una gripe malísima y tampoco podía concentrarme. Las cosas fueron cayendo por su propio peso y me di cuenta que en el momento en el que estoy ahora era necesario primar el plano académico.

Algunos me dijeron que era una decisión madura. Otros opinaron que yo era un imbécil. Como sea, siempre tuve la máxima de “si vas a hacer algo, hazlo bien”, y en pro de esa premisa en la que creo con todas mis fuerzas es que elegí relegar mis sentimientos a un segundo plano. Los 18 años y mi cartón celeste, que por cierto no tengo idea donde está, no ayudan en este tipo de cuestiones. No puedes evitar sentirte triste, llegar a la universidad con la cara que denota que has dormido pésimo y escuchar preguntas como ¿qué pasó? o ¿ por qué estás así?, ó mil diferentes consejos y puntos de vista que las personas que se preocupan por ti te tratan de dar (y que de verdad agradezco).

En esos momentos mi edad disminuyó 10 años y me sentí buscando a mi madre en medio de una multitud, perdido y sin saber a dónde mirar. Para mi fortuna hubo personas que me ayudaron a volver a mi rumbo, personas que ni creí que se preocuparían por mí ya que en realidad no me conocían demasiado, pero que tuvieron detalles bastante relevantes. Una persona me regaló un chocolate diciéndome que liberaría endorfinas, que eran “hormonas de la felicidad”; y otra me escuchó durante horas y así entre cada cosa descubrí que no seguía perdido. Después de todo esto me doy cuenta de que la psicóloga tenía razón cuando decía: “tienes un déficit de inteligencia emocional”. Pero lastimosamente eso no viene en el paquete de regalos de los dichosos 18 años.

Mientras escribía esto escuchaba una canción de los Enanitos Verdes bastante particular, porque la canta el guitarrista Felipe Stainti. Es un tema digno de cantarse ebrio.

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